Las inmencionables (I)

Cuenta la leyenda que en el año 584, en la ciudad francesa de Lyon, sesenta y tres obispos y sus representantes debatieron en el Concilio de Macon, una pregunta controvertida: “¿son las mujeres seres humanos?”. El debate fue largo e intenso, porque había que considerar muchas cosas, así que el resultado de las ponderaciones fue estrecho: treinta y dos votos a favor y treinta y uno en contra. Es decir, la “humanidad” de la mujer fue decidida por un solo voto.

Hoy algunas personas, muy celosas de la historia eclesiástica, niegan rotundamente que ese voto tuvo lugar y atribuyen esa supuesta mitología a personas que quieren hacerle daño a la Iglesia Católica. O incurren en algo que se llama revisionismo histórico.

Hace unos cuantos años, cuando leí sobre aquel debate en un libro llamado ‘La mujer es un hombre defectuoso’, de la autora Grace Walker, que documenta la historia de las mujeres dentro de la Iglesia Católica, yo me alarmé, pero me dije que eso fue hace mil años. Aquellos eran los tiempos en que el reconocido filósofo y senador romano Severino Boecio, hoy canonizado, así que es Santo Boecio, podía declarar que “la mujer es un templo construido sobre una alcantarilla” y ser aplaudido. Hoy ese tipo de debates no tendría cabida. Muchos menos en ninguna esfera política. Y obviamente, el último lugar en la tierra donde tendrían lugar esas conversaciones, sería en la asamblea general de un partido político feminista en Inglaterra, ¿verdad?

Pues la pregunta parece que quedó abierta, porque en el año 2018, casi mil quinientos años después de aquel Concilio de Macon, el Partido de la Igualdad de las Mujeres, un partido político explícitamente feminista, se encontró en una encrucijada similar. El 28 de agosto, la lideresa del partido, la periodista Sophie Walker, presentó una moción de emergencia para impedir que en el plenario anual del partido, se debatiera la pregunta del momento: ¿qué es la mujer?

El año 2018 trajo consigo un verano intenso para el feminismo británico, ya que se aproximaba el cierre de una consulta pública en la que el gobierno inglés, que ya había anunciado sus planes para definir legalmente a la mitad de la población como “cualquier persona que se identifique como mujer”, basado en el principio de la autoidentificación de sexo, mediante una reforma a la Ley de Reconocimiento de Genero, pidió a la población su opinión al respecto.

Las mujeres tuvieron que organizar de manera voluntaria y sin un solo centavo, más de una docena de campañas políticas para hacer frente a lo que consideraban una amenaza potencialmente fatal a las ganancias y conquistas del movimiento feminista. Aquí se ha redefinido también la palabra feminista, porque esas campañas que hoy ganan premios prestigiosos por su coraje y esfuerzos a favor de los derechos de la mujer, están conformadas por mujeres que no ostentan puestos de carrera feministas ni tenían ningún tipo de renombre mediático. Pero si no armaban las campañas ellas, nadie lo iba a hacer porque las organizaciones de mujeres reconocidas, como el Partido de la Igualdad de las Mujeres, se habían echado todas para atrás, argumentando temor de entrar a un tema tóxico y violento, y para supuestamente no perjudicar todo el trabajo que consideraban “más importante”.

Otras se cruzaron de brazos e insistieron que aquí no había ningún problema y apoyaron abiertamente las propuestas del gobierno. En privado y desde el anonimato, casi todas confesaban que “el tema es bastante preocupante” pero en público: nada.

Es justo destacar que en este debate, varias feministas han sido agredidas por activistas del colectivo trans (nunca al revés), incluyendo una convicción penal contra el transactivista Tara Wolf , por golpear, durante un ataque premeditado entre varios varones, a una señora llamada María, de 60 años, quien asistía a una reunión feminista al respecto.

Quizás algunas mujeres, a quienes les cayó encima la responsabilidad de liderar un tema extremadamente difícil, en un contexto donde siquiera hacer preguntas sobre este tema genera abuso y acusaciones basadas en la misoginia más inmunda, acusarían a esas organizaciones feministas inglesas de cobardía y de negligencia en el cumplimiento de su deber. Después de todo, cualquier tema que implique los derechos de la mujer, depende de manera intrínseca de la respuesta a la siguiente pregunta: ¿qué es la mujer?

El punto es que ninguna feminista en Inglaterra podía alegar desconocer la situación. Este debate, cuan si fuese Brexit, tiene la particularidad de causar divisiones amargas y profundas; entre familias, amistades, colegas, organizaciones y bases políticas. Sophie Walker, siendo astuta, sabía muy bien que, si el debate sobre la autodeterminación del sexo tomaba lugar dentro de su partido político, lo iba a dividir en dos y, siendo un partido pequeño, esa no es una división que se podían dar el lujo de fomentar. Por un lado, conseguir que el Partido feminista apoye las reformas del gobierno (conservador), hubiese sido una victoria deprimente para quienes alegan que no existe base material sobre la cual se sustenta la mujer. Por el otro, sería el colmo de todos los colmos que el mismísimo Partido feminista, una entidad que existe para promover y abogar por los derechos de las mujeres, alegue que la mujer no es un sujeto político, sino que es un sentimiento etéreo, metafísico, dual, polivalente, variable y no definido.

“Muchas miembros del partido nos han expresado su temor de hablar públicamente sobre este tema por la toxicidad de las discusiones al respecto. Se sienten preocupadas por la situación y por la falta de tiempo suficiente dentro de la conferencia (para debatirlo), lo cual podría impedir que expresen sus posiciones al respecto en libertad”, expresó Walker,  al tiempo que informaba a su partido que, en vez de dar respuestas a dos mociones que exigían que el Partido de la Igualdad de la Mujer fijase posición sobre el tema de la autoidentificación, el tema sería postergado a un ciclo de “Debates Especiales”,  en los cuales tendrían más tiempo, libertad y la seguridad de poder expresar sus opiniones sin represalias.

¿Cuál es la diferencia entre debatir si la mujer es un ser humano y debatir a estas alturas “que es” la mujer?

Al menos el Partido de la Igualdad de las Mujeres es un poquito mejor que el Partido Verde británico, quien ya decidió sobre este tema, concluyendo que: la mujer es un “no-varón”.

En el 2016, el sector dedicado a la mujer del Partido Verde británico generó una tremenda controversia al referirse a las mujeres como sujetos “no-varón” en una publicación en sus redes sociales. Lejos de disculparse y como respuesta a la controversia, el partido defendió su escogencia de palabras y añadió:

“El sector de la mujer del Partido Verde se siente feliz con el uso del término “no-varón” como un término paragua. Este término paragua nos permite agrupar juntos sectores que se enfrentan a opresión en base al género: mujeres, mujeres trans, individues no binaries y personas sin género. Merecemos reconocimiento e inclusión”.

¿Por qué para otorgar reconocimiento e inclusión a otras personas, las mujeres tenemos que borrarnos a nosotras mismas?

Estamos cerrando el año 2018 y el último grito de la moda es borrar todo rasgo de que la mujer haya existido como sujeto histórico, social, biológico y político.

¿Alguna de ustedes ha visto Los Monólogos de la Vagina de la guionista al Eve Ensler? Yo la vi hace 10 años y recuerdo la obra como si fuese el día de hoy. Era el día de San Valentín y mis amigas de la universidad decidimos ir a la presentación y luego a una fiesta. Yo tenía puesto unos pantalones jeans apretados, una blusa holgada sin hombros morada y unas botas cortas moradas. Lo del morado es porque es mi color favorito y también es el color de la lucha feminista. En la entrada del anfiteatro estaban regalando boas con plumas de colores y a mí me toco una rosada, pero yo quería estar toda de morado,  así que intercambie con una amiga. Aquí entre nos, pensándolo bien yo probablemente parecía Tinky Winky de los Teletubbies.

Pero nada de eso importaba, porque esa noche yo vi una obra que me hizo reflexionar sobre muchas cosas. Vi mujeres llenas de ira, de alegría, de lágrimas, de sueños. Mujeres hartas, de esas que dan miedo… Todas hablaron sobre lo que significa ser mujer, en un sistema patriarcal, de una manera muy cruda, quizás demasiado. Durante Los Monólogos de la Vagina hay un momento en el que se produce un silencio sepulcral en la sala, porque desde el escenario le piden a las mujeres que han sido víctimas de violencia domestica que se levanten, si así lo quisieran. Y muchas mujeres lo hacen. Luego alguna compañera en el escenario pide a las mujeres que han sufrido violencia sexual que hagan lo mismo y la dinámica se repite.

Estar en ese antiteatro, rodeada de mis amigas más cercanas, participando en este evento y observando como otras mujeres compartían tantas cosas en común conmigo y con nosotras, como mujeres, es algo que nunca voy a olvidar.

Hoy una muchacha de 19 años, como yo en mi tiempo, sería dichosa de siquiera poder asistir a la obra porque Los Monólogos de la Vagina está siendo cancelado a diestra y siniestra. ¿Por qué? Porque al enfocarse en las experiencias de las mujeres, experiencias muchas veces marcadas por las opresiones que ocurren en nuestros cuerpos de hembras, las mujeres incurrimos en excluir a las personas que no tienen cuerpos como los de nosotras.

“Este show ofrece una perspectiva demasiado angosta sobre lo que significa ser mujer. El género es amplio y variado en sus experiencias. No se puede simplemente reducir a distinciones anatómicas o biológicas, y para muchas personas que hemos participado en la obra, nos hace sentir incomodas presentar un material que es intrínsicamente reduccionista y excluyente”, dice Erin Murphy, una estudiante en la academia solo para mujeres Mount Holyoke College en Estados Unidos. Yo agarraría ese argumento y lo revertiría: ser mujer es algo amplio y variado en nuestras experiencias. Las mujeres, a pesar de que compartimos quizás solo nuestro sexo, incluimos un inmenso mar de personalidades, distinciones, peculiaridades y también otras opresiones y privilegios. ¿Por qué tiene el sexo que ser considerado excluyente cuando funciona como común denominador de 3.5 billones de personas, alrededor del mundo?

Eve Ensler se defiende. “Yo nunca dije que una mujer es alguien con vagina”, explica la escritora en una entrevista para The Guardian ante las acusaciones de que su obra magistral, escrita por mujeres para mujeres, es excluyente de personas que no nacieron mujeres. Una obra teatral que ha propiciado la catarsis de innumerables mujeres, es hoy considerada discriminatoria y, por lo tanto, censurada. A mí me da mucha pena y vergüenza ajena cuando veo oraciones como la de Ensler porque demuestran un nivel de dominación mental alarmante: las mujeres acusadas de crímenes del pensamiento no solo deben rehusar de su propio sexo, sino que tienen que negar rotundamente la ciencia y la realidad material que todo el mundo puede atestiguar con sus propios ojos.

Me pregunto: ¿cuántas obras controvertidas no habrán escrito los hombres y todos los días son presentadas alrededor del mundo sin tener que ser clausuradas? Otra pregunta, ahora más filosófica: si no podemos definir a las mujeres en base a nuestro sexo, ¿entonces en base a qué nos definiríamos? ¿Qué tenemos en común las mujeres si no eso? ¿Los sentimientos dentro de nuestra alma? ¿El color rosado de nuestros cerebros? ¿Los estereotipos de feminidad?

Nada, absolutamente nada. Y es así, damas y caballeros, cómo usted pulveriza a un sujeto político nombre de unos, muy supuestos, derechos humanos.

Los casos similares a lo que ha ocurrido con Los Monólogos de la Vagina abundan. En septiembre del 2015, en el Scripps College en Claremont, California, un grupo estudiantil organizó un evento titulado El Proyecto de la Vulva, en la que estudiantes eran invitadas a decorar pastelitos como si fuesen vulvas y a hablar sobre sus cuerpos. La base en la que se sustentó el proyecto es que, en un sistema de opresión patriarcal, a las mujeres se nos inculca que todo lo relativo a nuestras vulvas debe estar sumido en la vergüenza y en el secretismo. Las organizadoras explican que “los varones siempre han dibujado sus penes en los pupitres de las aulas de clase. Pero, ¿y las vulvas? ¿qué es una vulva? ¿qué tipo de problemas se arraigan de este desconocimiento?”

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El evento recibió la misma presión que recibe todo lo relativo a los derechos de la mujer y fue acusado de ser “violento” hacia las mujeres trans que no tienen vulva. Uno de los mensajes que recibieron las organizadoras reza: “Este evento entero es increíblemente violento hacia las mujeres trans. ¡No se imaginan el asco que siento!” Y es por eso que otro evento creado por mujeres, sobre mujeres y para mujeres debe ser clausurado.

Perdónenme por la tangente tan brusca, pero este es un excelente momento para recordar que todas las noches, en todas las ciudades del planeta Tierra, millones de hombres pagan para entrar a “centros de entretenimiento” en donde la diversión consiste en arrojarles papeletas de dinero a mujeres, en su mayoría inmigrantes y pobres, quienes tienen que bailarles desnudas para endurecerles sus erecciones y así poder comer y alimentar a sus familias. Pero esos eventos nadie los acusa de ser violentos ni asquerosos. ¡Y, ay de quien pretenda clausurarlos!

Los ejemplos son demasiados: en Los Ángeles, un grupo de mujeres que se sienten agobiadas por el clima sexistas de las cervecerías, deciden crear un espacio, para mujeres, donde puedan aprender a fermentar cerveza y un conjunto de activistas varones decide demandarlas por “discriminación”. En Harvard, Massachussets, un grupo de estudiantes se encuentran actualmente peleando por su derecho a tener hermandades solo para mujeres (léalo otra vez), ya que estos constituyen oportunidades de desarrollo y liderazgo para ellas, ante la arremetida de la administración académica que dice que todos los espacios ahora deben ser basados en la autoidentificación del sexo. Es decir, mixtos.

Las academias del Norte Global se han convertido en el frente de batalla para demostrar el poder económico y social de la nueva caza de brujas. Innumerables académicas (casi exclusivamente mujeres) están aguantando la venganza de una ideología totalitarista que se escuda bajo eslóganes de ‘inclusividad’ y ‘diversidad’ pero que gobierna en base a credos sacrosantos y/o paranormales que todo el mundo debe profesar, sí o sí. Podría ser mucho peor: este tema hay que hablarlo, pero nadie quiere acabar como la psicoterapeuta Rita Powers, quien terminó asesinada por rehusarse a repetir el dogma de la nueva religión.

En Inglaterra, la Policía se encuentra investigando a varias feministas por colocar unas postalitas que rezan “las mujeres no tienen pene” en lugares públicos. Las acusan de cometer un delito de odio. Al mismo tiempo que se fomenta esta ley de omertá respecto a quiénes son y cómo son las mujeres, vemos el florecimiento de artilugios lingüísticos bastante rebuscados para hablar a las mismas. Es por eso que una de las campañas ha sido radical en el extremo: consiste en proyectar la definición del diccionario de la palabra mujer en edificios como la BBC, el Museo Nacional de Historia y los cuarteles de la Policía.

Nos hablan ahora de “personas gestantes”, “seres menstruantes”, “si usted tiene un hoyo frontal” y se elaboran campañas de productos menstruales diseñados para “sangrantes”. Las mismas personas que utilizan este tipo de expresiones, son quienes nos acusan a las mujeres que insistimos que la biología de la mujer es fundamental en temas delicados como los ensayos clínicos y la medicina, de ser unas “esencialistas” y unas “biologicistas”. ¿La ironía todavía existe o también la pulverizaron los posmodernistas?

Curiosamente, el único lenguaje que hay que cambiar en honor a la inclusividad y la diversidad es el lenguaje que nombra a las mujeres y niñas. Los hombres pueden seguir llamando penes a sus penes, escrotos a sus escrotos y testículos a sus testículos. O sea, ¡obvio! ¿Cómo vamos a pedirle a la mitad de la población que se invisibilice a si misma? Pondrían el grito al cielo si de repente partidos políticos empezaran a llamarlos “no-mujeres”, “produce esperma”, “eyaculadores”, “carga-testículos” o “si usted tiene un palo”.

Yo juro solemnemente que si en mi país, la República Dominicana, algún día aprueban la autoidentificación del sexo como ley, voy a referirme a todos hombres (excepto dos) con términos igual de despectivos a los que se usan para re-nombrar a la mujer… o peor. Las oraciones serian algo así como: “estoy viendo un conjunto de porta-próstatas debatir sobre los hidrocarburos en la televisión” y “por favor, ve dile a aquel ser fálico que quite su vehículo que me está bloqueando en el parqueo”. ¡Es lo mínimo que se merecerían!

Fuera de las bromas, cambiar todo rastro de la mujer en las legislaciones y sustituirlo con el lenguaje de “personas gestantes” es devolverla a la era en la que la mujer quedaba subsumida en el hombre como su derivado. Él, cuerpo entero, y ella su costilla.  Otro termino que se encuentra en auge en Inglaterra es la palabra ‘womxn’, en vez de ‘woman’, que significa mujer en español. La palabra es, literalmente, impronunciable, por lo que la mujer no solo es degradada al ser reducida a un conjunto de partes desencajadas y/o pronunciamientos metafísicos, sino que también se convierte en algo inmencionable. Este proceso de invisibilización semántica y conceptual no solo sirve para negar la lucha feminista de la prensa escrita y de los medios de comunicación, sino también de la conciencia social.

Nombrar las cosas como son es fundamental, entre muchas otras cosas, para erradicar la violencia machista. La teórica feminista Susan Cox explica:

“Es de por sí una batalla feminista asegurarnos de que los hombres sean nombrados como agentes de violencia machista. Los titulares muchas veces lo que dicen es “Dos muertos en asesinato-suicidio” en vez de decir “Hombre mata esposa, luego se suicida” o “Mujer violada” en vez de decir “Hombre viola mujer”. A mí me interesa saber si “él” tiró del gatillo que la mató a “ella”, para poder identificar el acto como un acto de violencia contra la mujer, que ocurre en un contexto donde los hombres cometen la inmensa mayoría de asesinatos-suicidios en relaciones de pareja. Esta violencia existe precisamente porque está alimentada de una cultura de privilegios que posiciona a las novias y esposas como la propiedad de los hombres. A mí me interesa saber eso no solo para yo poder identificar la violencia machista, sino también porque la sociedad debe reconocer el rol que cumple el género en la violencia de los hombres hacia las mujeres.

La realidad material es la razón por la que el lenguaje es esencial para el análisis feminista. Contar con un lenguaje claro y específico al contexto social es crucial para cualquier esfuerzo emancipador, por lo que se necesita para nombrar y desafiar la opresión. Alegar “elles oprimen a elles”, en vez de “hombres oprimen mujeres” invisibiliza el significado no solo de lo que se ha dicho, sino también de lo que debe ser transformado”.

El movimiento feminista existe, por definición, para identificar, teorizar y desarticular las opresiones que son infligidas contra las mujeres. Por lo tanto, una ruptura entre la realidad material de las mujeres y el lenguaje que existe para nombrarlas, no representa una trivialidad. Las políticas de identidad de género, y sus discípulos, buscan redefinir a la mujer en oposición a su propio cuerpo, en vez de en oposición al hombre como sujeto político. Es el poder del cuerpo de las mujeres que controla la humanidad, y es el querer dominar ese función sexual-reproductiva, lo que pone a rodar toda esa avalancha de putrefacción que es el patriarcado.

Quizás todo esto sea culpa del griego Sócrates, quien argumentaba que las ponderaciones filosóficas funcionan como “una partera” que ayuda a los hombres a generar ideas, siendo la generación de ideas lo máximo a lo que pueden aspirar los hombres.

Escribe desde el anonimato la feminista RadFem Fatale:

“Los hombres, por supuesto, son incapaces de dar a luz en el sentido material, y por eso que han canalizado sus energías en separarse a si mismos de lo material y establecerse en oposición a ello. Es por eso que han exaltado la creación de lo inmaterial como la cúspide del éxito masculino. La cúspide del éxito de las mujeres es la cultivación de un cuerpo que atraiga sexualmente y cumpla su papel como reproductora, mientras que la grandeza del hombre se mide en base a cuanto puedan alterar la sociedad… para bien o para mal.

Las mujeres creamos seres humanos con nuestros cuerpos de mujer, y como respuesta, los hombres se han autodenominado como amos tanto de lo material como de lo inmaterial. El posmodernismo de los hombres, y de las mujeres a quienes han engañado, instiga una represalia que busca reprimir la sublevación de las mujeres que se rebelan contra la tiranía ejercida en nuestros cuerpos. Mientras él pierde el control de la realidad material de ella, busca obligarla y arrastrarla al mundo de lo inmaterial para reestablecer su dominio. Su propósito es distraer a la mujer de nuestra lucha por la autonomía de nuestros cuerpos forzándonos a utilizar nuestras energías en el plano de las ideas abstractas.

Para mantener su domino sobre la mujer, el hombre debe mantenerla separada de si misma. Ella debe ser dividida, pero él debe permanecer entero para justificar su dominación. A él lo aplauden por decir “soy una mujer y tengo pene”, mientras que él la castiga a ella por decir “soy una mujer y tengo una vagina”. Cuando ella comete la blasfemia de reivindicar que es dueña de su ser y de su cuerpo, él llega para silenciarla mediante el miedo a la violencia. Él nunca le podrá permitir existir al mismo tiempo como cuerpo y mente porque al hacerlo, tendría que reconocer que ella es un entero que existe independiente de él, y no para él. Cuando las personas dicen que el sexo es una construcción social, lo que están diciendo es que los hombres crearon a las mujeres, porque las construcciones sociales solo pueden ser creadas por personas que tengan poder estructural. Esta es quizás la reversa patriarcal más perfecta, la proyección más siniestra de entre todas las proyecciones venenosas: las mujeres existen solo en la imaginación de los hombres, pero los estereotipos de género que los hombres han creado, sí son reales. El género, su fantasía, es más real en el patriarcado que las mismas mujeres”.

Si alguien nos dijera que por ahí anda una teoría que dice que la mujer es un pensamiento originado en la cabeza de los hombres, la gente se reiría y diría que esas son cosas del medioevo. Pero justamente es eso lo que se está enseñando en aulas de clases, tanto a nivel primario, secundario y universitario, y la gente lo aplaude. Nadie puede mirar con desdén el sexismo de aquellos obispos en el año 584, mientras las políticas de identidad de género proliferan e inoculan el movimiento feminista, en muchos casos, desde adentro.

Como explica la periodista Meghan Murphy, fundadora y editora de Feminist Current, quien recientemente fue expulsada de Twitter por cuestionar la ropa del emperador, así como el lenguaje politiza, también despolitiza:

“Se nos permite hablar sobre nosotras mismas, siempre y cuando no politicemos ese discurso. Siempre y cuando no pretendamos articular nuestras experiencias con las experiencias de otras mujeres. Siempre y cuando nos aseguremos de no ofender a nadie con nuestras experiencias. Mientras todo se quede en lo personal, nuestras dificultades no le pertenecerán a nadie más. No existe la posibilidad de solidaridad entre las mujeres si somos reducidas solo a experiencias personales.

Nunca hemos sido confiadas para contar nuestras propias historias, ni mucho menos las de los demás. Como mujeres y como feministas, sabemos que el trabajo de la mujer es menospreciado de la misma manera que la vida y los problemas de las mujeres son calificados como inconsecuentes y eliminados”.

¿Cuánta invisibilidad será suficiente? Es un axioma del feminismo que, si no se hace un esfuerzo explícito para nombrar a la mujer, esta permanecerá silenciada e invisibilizada. Ese axioma se teorizó no para incentivar que se continúe perpetuando en la práctica, sino para menoscabarlo. Pero parece que cerramos el 2018 con demasiadas personas que ven en ese axioma un reto a conquistar, no una injusticia la cual destruir. ¿Cuál es la diferencia entre el planteamiento de aquellos obispos que en el año 584 se preguntaban si la mujer era un ser humano y las políticas públicas que a finales del año 2018 se preguntan qué es la mujer?

Que al menos en el año 584 los obispos tenían una hipótesis.

 

 

 

 

La version original de este articulo fue publicada en el portal español Tribuna Feminista el 16 de diciembre del 2018: https://tribunafeminista.elplural.com/2018/12/las-inmencionables-i/

 

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