Para no olvidarte, Lucía

Un rosario unía las manos de la mamá y el papá de Lucía, mientras esperaban el veredicto. En el pecho tenían colgada una foto de su hija. Se suponía que el pasado 26 de noviembre del 2018 iban a sentenciar a los sospechosos de la muerte de la adolescente de 16 años, pero al final la sentenciada fue ella. Hace dos años, cuando las calles del continente se llenaron de rabia, ¿quién se iba a imaginar que esto iba a terminar así?

Pero es que nada de esto debió suceder.

“Desde que era una niña le gustaban los animales” expresó Marta Montero, la mamá de Lucía, a Constanza Hola, de la cadena BBC de Londres, en los días posteriores al asesinato de su hija. “Ella quería ser veterinaria”, decía, al tiempo que la recordaba como una adolescente feliz y bonita. También le gustaba mucho dibujar (animales, caras y ojos) y era tan buena que se había ganado una beca escolar por eso. Era cariñosa y compartía el mismo gusto musical que su papá, Guillermo.

Las marchas del Miércoles Negro, en protesta por el feminicidio de Lucía, se esparcieron por todo el continente, desde Argentina hasta México, pasando por Guatemala, Perú, Chile, Ecuador y Uruguay, entre otros países. Ese 19 de octubre del 2016, más de 100,000 personas salieron a las calles argentinas, en lo que se convirtió en el primer paro nacional contra la violencia machista. “Mi hijo y mis sobrinos me enseñaron las fotos. El mundo entero nos mostró solidaridad. Yo lo vi y agradezco tanto lo que hicieron por Lucía”, dice Marta sobre su amiga y acompañante con quien hablaba todos los días, mientras ambas se bebían el mate.

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Marta, la mamá de Lucía, es enfermera y Guillermo Pérez, su papá, es trabajador metalúrgico. Juntos tuvieron a Matías, estudiante de Derecho y luego la tuvieron a ella. Ella…, quien hoy es el pensamiento omnipresente en la mente de esa familia, luego de que pasara lo que tanto usted como yo sabemos. “Es como si a su hermano le faltara una extremidad”, lamenta Marta, con tristeza, de quien fuese ‘la confidente’ de su hijo mayor. “Ella me contaba casi todos sus secretos”, dice Matías.

Tienen una perra pastora alemana llamada Gema, que le regalaron a Lucía un año antes de que la mataran. “Esa perra la extraña como cosa loca, la sigue buscando”, le comenta Marta a Hola. Cuando se enteraron de la muerte de Lucía, Gema durmió esa noche en su cuarto, debajo de su cama. Después, no volvió a entrar en la habitación.

Matías describe a su hermanita en una carta abierta publicada a los pocos días de perderla:

“¿Cómo era Lucía? Como el arte, como el rock, como el amor a los animales. Ahí, en cada estrofa de Viejas Locas, en cada pogo ricotero y en cada abrazo a una mascota abandonada, la van a poder encontrar siempre, sonriendo, mimando a su perra y tirando buena onda para todos lados, por las dudas. Vivía tranquila, sin salir mucho de casa, hasta ese maldito sábado, 8 de octubre”.

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¿Qué fue lo que paso ese sábado ocho de octubre tan maldito? ¿Qué fue lo que le pasó a Lucía Pérez Montero?

Lo que pasó fue que ese sábado, tres hombres llevaron a Lucia, todavía viva, a un hospital de Playa Serena, donde el personal médico empezó a curar lo que pensaban era una sobredosis de drogas y luego se percataron de que se trataba también de un trauma sexual severo. Esos tres hombres son Matías Farías (de 25 años), Juan Pablo Offidani (de 43 años) y Alejandro Maciel (de 61 años). Los tres sospechosos de la muerte de Lucía alegan que se trató de una sobredosis, que ocurrió luego de “sexo consentido” con Farías.

Bañaron el cuerpo de una Lucia inconsciente, lo vistieron con todas sus prendas, y juntos lo llevaron al centro de rehabilitación, donde permaneció Farías.  Ese factor, que el imputado principal se quedara con ella, y no huyó, terminó pesando más en la balanza de tres jueces que dictaminaron el caso, Facundo Gómez Urso, Aldo Carnevale y Pablo Viñas, que el trauma sexual que ella presentaba y la sobredosis. La sentencia absolvió a Maciel, quien se encontraba imputado por encubrimiento agravado, mientras que encontró a Farías y a Offidani culpables sólo de vender drogas a una persona menor de edad, cerca de las inmediaciones de una escuela.

La ley Argentina incluye la figura del ‘femicidio’ desde el año 2012 (con una pena de cadena perpetua), y por tanto, la pena que buscaba el abogado de la familia de Lucía Pérez Montero era por ‘abuso sexual agravado por el consumo de estupefaciente, seguido de muerte en concurso ideal con feminicidio’, aparte de encubrimiento del delito y la venta de estupefacientes.

Los jueces escucharon que Lucia había conocido a Farías el día anterior de su muerte en las afueras de su escuela, en Mar de Plata, donde éste le había vendido un cigarrillo de marihuana. Al día siguiente, ese maldito sábado como dice el hermano de Lucía, Farías y Offidani recogieron a Lucía para llevarla a lo que se convirtió en la escena del crimen: la casa de Farías. La autopsia al cuerpo de ella reveló una cantidad exorbitante de cocaína, a pesar de que ella no la consumía.

Al principio de la investigación había circulado una historia grafica sobre el daño al que había sido sometido el cuerpo de Lucía, pero esa versión fue eventualmente desmentida por media docena de peritos forenses, quienes terminaron quedando en desacuerdo sobre cuán extenso era el trauma sexual que presentaba el cuerpo de la joven. El abogado de la familia querellante, Gustavo Marcelliac, afirma que ese punto en particular es irrelevante porque, sea como sea, se trata de un caso de violencia contra la mujer:

“Este es un caso de violencia de género extrema. Es intrascendente, a esta altura, si la empalaron o no. Es de violencia extrema, porque adultos captaban a nenas en la puerta de colegios y les vendían drogas para luego satisfacer sus más bajos apetitos sexuales”, advirtió Marcelliac.

Pero los jueces fueron incapaces de detectar violencia contra la mujer porque, como reveló su veredicto de 66 páginas, en sus argumentos ellos habían convertido a Lucía en un objeto impermeable a la agresión. Un ser inhumanamente inviolable. El dictamen se supone que iba a juzgar a tres hombres, pero sucede y acontece que no: la imputada fue ella.  Su personalidad, sus conversaciones, sus supuestos hábitos y todo lo concerniente a su privacidad, fue puesto en tela de juicio. Como si esto fuese la caricatura virulenta de un tribunal patriarcal, los tres jueces utilizaron, uno por uno, todos y cada uno de los argumentos que muestran prejuicio misógino contra las víctimas de violencia machista.

La vida sexual de Lucia fue analizada con la lupa más minuciosa, al punto que los jueces consideraron importante escribir sobre su historial ginecológico, cuan probable consideraban que ella se prostituyese en intercambio por drogas y qué tipo de sexo le puede o no haber gustado a una adolescente de 16 que fue asesinada. Dilucidaron con un morbo que parecería sádico, para no decir psicótico, con cuántos hombres puede o no haberse acostado la joven y qué tan fácil podría haber sido llevarla a la cama.

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Escribieron que, como Lucía supuestamente tenía “una personalidad fuerte”, esto la hacía impermeable a ningún tipo de violencia contra la mujer ni agresión sexual. Obviamente esas vejaciones sólo las sufren las mojigatas que se pasan el día en su casa tejiendo pañuelitos para bebes…

La sentencia recalca una y otra vez sobre el supuesto uso de drogas por parte de la adolescente, y su también muy supuesta sexualidad, presentándola en resumen como una adolescente drogadicta y promiscua. En el contexto de una sentencia cargada de misoginia, esta caricatura de Lucía legitima el mito de que una mujer que utilice drogas o que sea sexualmente activa, no es sólo inviolable, sino que también es inmune a cualquier violencia. “Lucia tenía una personalidad que distaba mucho de ser sumisa”, reza en una parte. “A pesar de su edad, tenía la capacidad suficiente como para decir no, a los avances o propuestas que le habrían formulado sujetos a los que le había comprado droga”.

Con crueldad, sin necesidad y a sabiendas de que los ojos del mundo estarían en ese veredicto dado que se trataba de un caso mediático, tres hombres adultos le clavan el cuchillo al recuerdo de una adolescente muerta, pero lo escudan como un halago a su empoderamiento personal, al sentenciar que: “Lucía era de tener relaciones con hombres a los que apenas conocía, pero eso ocurría por su propia elección y cuando ella lo quería”.

¿Qué función cumple esa oración en un caso de feminicidio?

¿Por qué ustedes creen que ellos incluyeron esa observación?

¿Qué estrategia se ocultaba detrás de esas declaraciones tan insensatas, que buscan magnificar el empoderamiento de Lucía y convertirlo en un recurso dual; para que actúe tanto en su contra como a favor de los tres imputados?

Todos eso párrafos donde se tomaron el tiempo y el interés de detallar con prejuicio la supuesta vida sexual de una adolescente, están ahí para justificar una sentencia que lo que hace es arrojárla a los buitres de una sociedad machista.

En la sentencia proceden a describir las conversaciones intimas que Lucia sostenía con sus amigas más cercanas, algunas ocurridas siete meses antes de que fuese asesinada, para continuar esbozando la pintura de Lucía como una depredadora sexual deshumanizada y adicta a las drogas, pero impermeable a cualquier herida por “su fuerte personalidad”, referida una y otra vez en las 66 páginas de la sentencia. “De los chats analizados surge claramente que (las vivencias de Lucía) en ese sentido alejan por completo la posibilidad de que hubiera sido sometida sin su voluntad”, expresan.

¿Qué quiere decir eso? Qué según el razonamiento de los jueces, una mujer (o adolescente), que se acueste con un solo hombre, está cediendo el derecho de ponerle límite a todos los demás. Que el sexo consentido una sola vez, presumimos que fuera del matrimonio, se convierte en un pase ilimitado para cualquier hombre que quiera no sólo acostarse, sino también abusar, de cualquier mujer.

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Las heridas de Lucía fueron irrelevantes, ante los ojos de sus seis verdugos -incluidos los jueces-, porque el sexo lo justifica todo. O, mejor dicho, el placer sexual de los hombres excusa cualquier vejación que se pueda cometer contra las mujeres.

Como explica la profesora y teórica Gail Dines, en su análisis de la pornografía, el mejor desinfectante de la violencia contra la mujer es el sexo:

“Cuando una mujer es abusada bajo el alegato de que es sexo, la violencia se convierte en invisible. Mientras sea semen, no sangre, que este goteándole de la boca (y de cualquier otro orificio), y ella este gritando de dolor, la gente no necesita explicación sobre por qué este tipo de brutalidad es inaceptable”.

Eso fue lo que vieron Facundo Gómez Urso, Aldo Carnevale y Pablo Viñas cuando sentenciaron a Lucía: semen. Como si se tratase de una escalera macabra, en un sistema de opresión patriarcal, el deseo sexual masculino (o “el derecho sexual masculino”, como teoriza Carole Paterman en El Contrato Sexual),  sube todos los escaños de consideraciones y obtiene supremacía por sobre todas las demás cosas. ¿Qué importa que fuese una menor de edad drogada? ¿Qué importa que en el cuerpo se le encontró tanta cocaína que la muchacha no pudo ni defenderse? ¿Qué importa que la autopsia reveló que su cuerpo demostraba trauma sexual severo?

Como explica Dines, el porno ha corrompido la psiquis social a tal modo que, mientras más violencia se le infrinja a una mujer, más dura la erección de los hombres y más se justifica la violencia contra las mujeres en la sociedad. Es por eso que en el año 2018, vecinos pueden escuchar los gritos pidiendo ayuda de una mujer, a la que el otro día encuentran muerta, con dos botellas de cerveza de un litro dentro del cuerpo, y las observaciones iniciales de la Justicia argentina alegan que “posiblemente se trata de un juego sexual” consentido. Ese fue el feminicidio de Carolina Medina, quien al momento de su asesinato estaba embarazada de 7 meses. Pero no es único. Cuando un hombre apuñaló a Cindy Gladue en el mismísimo canal vaginal, produciéndole una herida de once centímetros, y la colocó en una bañera para que se muriera desangrada, los jueces también dictaminaron que eso fue un acto sexual consentido. No vamos ni a mencionar lo que hombres les han hecho a mujeres como Lynette Daley en Australia ni a Kim Wall en Suecia en escenarios supuestamente similares.

Qué raro que entre tanto “sexo consentido” que termina en la morgue, las que van de la cama al ataúd siempre son mujeres, no hombres…

Nada garantiza que usted no sea la próxima que, si apareciese muerta mañana, llena de golpes y violada, la justicia de su país no dictamine que morir de esa manera, fue solo un juego sexual que se salió de control. Esto es parte de ser una mujer en un patriarcado, y el análisis de que esta deshumanización se nos impone porque somos mujeres nunca puede faltar, porque precisamente ese es el meollo del asunto.

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No podemos tener miedo a llamar las cosas por su nombre y como son, pues lo que debemos evitar es invisibilizarlas. La realidad es que la sexualidad de los hombres es la matriz inmaculada del patriarcado. Impermeable e impenetrable, reina suprema por sobre todas las mujeres que estamos y las que nacerán después, hasta que lo derrumbemos. La sentencia de Lucía no es una anomalía: en un sistema que no fue construido para ella, actuando contra ella.

El Comité de Expertas del Mecanismo de Seguimiento de la Convención de Belém do Pará (conocido por su sigla, MESECVI), como especialistas en violencia contra la mujer de la Organización de Estados Americano (OEA) concuerda que los jueces parece que se confundieron y pensaron que la juzgada iba a ser Lucía Pérez Montero. La representante argentina ante el comité, Susana Chiarotti, explica que se pudo notar “un doble estándar utilizado para analizar a la víctima y al/los victimarios”, y abunda al expresar:

“Ante la mirada complaciente de los jueces, la víctima es estudiada minuciosamente y se pone sobre la bandeja toda su vida privada: testimonios de amigas/os, familiares; WhatsApp, mensajes, chats. Para ella no hay derecho a la privacidad. Su vida privada, sexual, afectiva, es mostrada en la vidriera, por la defensora de los acusados, sin ninguna restricción. Sin embargo, cuando el fiscal trata de poner en evidencia que el principal acusado visitaba páginas porno, los jueces se indignan y reclaman para él la protección constitucional del art. 19. O sea, para él hay principio de reserva y derecho a la intimidad. Para ella, no”.

La familia asegura que apelará la sentencia, pero aquí no hay final feliz por ningún lado. No sólo porque Lucía ya no volverá, sino porque es inmundo que en el 2018 se sigan matando mujeres dos veces: una primera vez por sus victimarios y una segunda vez por el sistema judicial. No obstante, en las palabras de Marta, se escucha resolución: “Aquí están pasando cosas terribles. Terribles. Lo que le pasó a mi hija es horroroso y tiene que ser un detonador para que las cosas cambien. No podemos continuar así”, expresa desconsolada, pero energizada para seguir batallando en nombre de su hija. “Para los jueces no existe la muerte de Lucía… Lo van a volver a hacer, hay más chicas dando vueltas. ¡Es una vergüenza!”, expresó con indignación fuera del juzgado.

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Yo me pregunto si esa búsqueda de justicia amortiguará, aunque sea momentáneamente, el duro golpe de saber que Gema, aquella perrita adorada, ya no entra al cuarto de Lucía, porque sabe que ella ya no está, ni estará ahí, pues nunca más volverá.

El papá de Lucía también deja claro que esta lucha va para larga y no van a tumbar los brazos. “Me da pena este fallo irrisorio. Tenemos el resto de nuestra vida para seguir con esto. Tenemos que apelar e ir a pedir justicia a otro lado”, les dijo a los reporteros que le cuestionaban sobre la sentencia.

Matías Pérez Montero, hoy hijo único de Marta y Guillermo, expresó ese mismo sentimiento en aquella carta abierta que escribió a los pocos días del feminicidio de su hermana menor hace dos años. Entre la desolación, él entendió perfectamente que el llamado es urgente:

“Debemos ser conscientes, sí, porque esta vez le tocó a Lucía sufrir esa bestial violencia de género, pero la próxima te puede pasar a vos, o a la persona que más amás en el mundo. Hay que tomar fuerzas y salir a las calles, para gritar todos juntos, ahora más que nunca: “Ni una menos”. Sólo así evitaremos que maten a miles de Lucías más. Y sólo así podremos cerrar sus ojos, para verla descansar en paz”.

Desde ese maldito ocho de octubre del 2016, esa familia se enfrenta a una vida para siempre sin Lucía. De la misma manera en que se enfrentan muchas otras, alrededor del continente americano y del mundo. El eslogan regional podrá ser ‘Ni Una Menos’, pero la sentencia contra Lucía lo que nos muestra es que, ante demasiados tribunales, el cuerpo asesinado de una mujer o niña, en nombre del placer masculino, se convierte simplemente en ‘Otra Más’.

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