Los certámenes de belleza: un espectáculo muy feo

En el año 1920, el dueño del hotel Monticello en Atlantic City (Estados Unidos) reunió un grupo de hombres empresarios para venderles una idea. Quería extender la temporada de compras más allá del Día del Trabajo, que es un día festivo federal, y que coincide con el fin del verano los 1ero de Septiembre. ¿Qué tal si hacemos un concurso en el que 350 muchachas vírgenes y bonitas compiten por un premio? Eso atraería más turismo a la ciudad y aumentaría las ventas de sus negocios. A los dueños de los periódicos también les gustó la idea y entre todos, hombres empresarios y hombres dueños de periódicos, acordaron que todos los años realizarían un concurso donde a la ganadora (que sería juzgada por hombres) le entregarían $100 y la coronarían Miss América.

La treta funcionó y los empresarios obtuvieron sus remuneraciones monetarias, a pesar de las duras críticas del enérgico movimiento sufragista estadounidense que denuncio la explotación de las mujeres en un momento en la historia en que, curiosamente, las mujeres empezaban a afianzar su presencia como actores políticos en la sociedad. Fíjense como el mismo año en que surgió el concepto de los concursos de belleza en EEUU (que luego se exportó a nivel mundial) fue el mismo año en que las mujeres consiguieron el derecho al voto en EEUU.

Cuando las críticas, tanto de las feministas como de los sectores conservadores, llegaron a un punto de ebullición, los empresarios decidieron cancelar el concurso. Pero cuando llegó la Gran Depresión y estaban desesperados por volver a ganar dinero, lo reinstauraron. Tan sencillo como deprimente; hombres de dinero decidían sobre la imagen y el estatus de las mujeres en la sociedad dependiendo de las fuerzas del mercado. Los periódicos de la época también jugaron un papel crucial,  porque promocionar mujeres bonitas en traje de baño en sus páginas les generaba muchas ganancias. Al punto que, al inicio de los certámenes de belleza, casi todas las concursantes eran patrocinadas por los periódicos de sus respectivos  estados locales.

Obviamente, esas dinámicas de poder se quedaban tras bambalinas. Al público en aquel entonces, igual que ahora, casi 90 años después, se le vendía la idea de que la reina de belleza “es más que un título. Es un movimiento para empoderar a las mujeres jóvenes de todo el mundo para que logren sus sueños. Les damos una voz y las inspiramos a que sean agentes de cambio ayudando a los demás”, tal y como se puede leer en la página web del concurso. Resulta extraño leer ese lenguaje decididamente feminista cuando de por sí ya existe un movimiento articulado donde las mujeres son verdaderas agentes de cambio en la sociedad. Pero lo que pasa es que en el feminismo a las mujeres nunca las pondrían a concursar sobre la base de la belleza externa y peor aún, las feministas son rebeldes y no tienen el más mínimo interés en modelarle en traje de baño a ningún jurado. Solo les interesa desmantelar el patriarcado y acabar con la violencia machista… ideales no muy fotogénicos.

Las feministas teorizamos que en una sociedad patriarcal, mientras más espacio ocupan las mujeres en la palestra pública (en las universidades, en la política, en el mercado laboral) más diminutas tienen que ser físicamente. A medida que las mujeres ganan más derechos sociales y políticos, más delgada se vuelve la estética idealizada que nos vende el patriarcado. Es una manera muy literal de compensar lo que un sistema de opresión considera como una intromisión de las mujeres a lugares donde no les pertenece. Hoy más que nunca, mientras menos espacio ocupemos mejor. Similarmente, no es coincidencia que los concursos de belleza hayan surgido el mismo año que las mujeres ganaron el derecho al voto en los EEUU. Fue una manera simbólica de recordarle a todas las mujeres (las que participan, pero crucialmente también a las que no) que no importa cuánto avancemos en la sociedad, al final del día la sociedad nos aplaude con más ahínco cuando nos ponemos un traje de baño y buscamos aprobación externa.

Para justificarse, los concursos de belleza buscan excusas bonitas que satisfagan a las más ilusas y a los más machistas. Nos dicen que son un programa de becas, que lo que se examina es “el porte” y el dominio en escena, que las concursantes promocionan sus estados y su país… todo menos admitir lo obvio: que es un espectáculo que sirve para poner a la mujer en una posición subordinada,  en una sociedad machista que disfruta cosificándolas.

Por ejemplo, el Miss Republica Dominicana nos recuerda que para calificar hay que tener de 17 a 26 años. Las muchachas no pueden ser casadas ni haber tenido hijas/os. Ponderen unos minutos el porqué de ese último requerimiento… Según sus convocatorias tienen que ser: “Bonitas. Delgadas. Altas. Inteligentes”. ¿En qué otra situación laboral exigirle a una postulante que sea bonita y delgada no se consideraría como altamente inapropiado? ¿En que otro contexto laboral puede un empleador requerir que la postulante no sea casada y nunca haya tenido hijos?

Los certámenes en realidad nunca responden a estas críticas. Son como una burbuja resguardada que se rompe inmediatamente si  se empieza a analizar demasiado. Solo nos presentan conceptos vacuos y a veces ni siquiera conceptos completos. Un anuncio para el Miss Universo 2017 yuxtapone fotografías estilizadas de las concursantes al compás de música tecno con las palabras “PODEROSA. DINAMICA. AUDAZ. VALIENTE. DECISIVA. INSPIRADORA. POSITIVA” sin ningún contexto ni explicación. ¿Qué tienen que ver esos conceptos con el concurso de traje de baño? También utilizan frases pseudoempoderadoras como “Queremos que las mujeres aprendan a amarse a sí mismas” o “la belleza no tiene fronteras, solo tiene oportunidades”,  cuando estamos claros que en esos concursos jamás coronarían a una mujer de 50 años ni a una mujer gorda o bajita. Tampoco coronarían a ninguna mujer que sea madre, embarazada o con capacidades distintas. ¿No son ellas “inteligentes” y “audaces” también?

A los hombres que nunca han querido saber mucho de mujeres empoderadas que no buscan ningún tipo de aprobación, los concursos de belleza les ofrecen un refugio donde escapar de la sociedad cada vez más equitativa. A las mujeres que han internalizado su propia opresión, los concursos de belleza les dicen subliminalmente “si me pongo la faja todos los días/si rebajara 20 libras/si yo ahorro lo suficiente para hacerme los senos”, entonces yo también puedo ser considerada la más bonita. A ambos sexos, los certámenes de belleza les vende la ilusión de que el extenuante  y poco valorado trabajo de acabar con la violencia contra la mujer, la realidad de los abortos clandestinos, la cara femenina de la pobreza, la disparidad salarial y la falta de representación política de las mujeres, son problemas postergables. Durante esas dos horas, todo el que  ve el certamen  puede pretender que lo que más atañe a las mujeres en la sociedad son los trajes de lentejuelas, verse delgadas en un traje de baño y que un grupo de extraños las considere dignas de ser cosificadas por un año entero.

De las concursantes en sí, no se puede decir gran cosa. Su responsabilidad esta en ser conscientes de que cuentan con los atributos favoritos del patriarcado y capitalizar ese potencial para conseguir un propósito, sea contratos lucrativos o una posición como presentadora de televisión en su país natal, entre otras opciones. Supongo que ellas están en pleno conocimiento de que perpetúan ideas altamente retrógradas de la mujer en la sociedad, pero sea como sea, la realidad es que las concursantes son peones en un juego de ajedrez que otra gente creó y que no beneficia a largo plazo ni a las mujeres que concursan ni a las que no. Después de todo, solo son consideradas las más bellas del país y del Universo (Plutón incluido) por doce meses. En ese momento el reconocimiento como “la mujer mas bella” caduca y hay que buscar un modelo nuevo. No podemos darle la idea a las niñas de que las mujeres pueden ser bellas su vida entera…

No sabemos cuál de entre las 85 concursantes será coronada la noche del 29 de enero. Pero sabemos que sea cual sea la ganadora, todos aquellos que se interesan más por la belleza de las mujeres que por sus derechos fundamentales, se lo van a celebrar.

Si en los próximos días la representante dominicana del momento ganase la corona de Miss Universo, toda la sociedad dominicana se lo aplaudiría. Desde las doñas en las iglesias hasta los colmaderos, desde el Presidente de la República hasta los líderes y lideresas de la oposición. La República Dominicana lo consideraría un gran orgullo nacional y definitivamente quitaría tanto la marcha contra la impunidad como a la CELAC de los titulares. Esa industria de cosificación de la mujer crece cada día en nuestro país porque, aunque nos guste decir que no, llenándonos la boca con discursos muy pretenciosos sobre “los derechos de la mujer”,  muy en el fondo sabemos que para gran parte de la sociedad dominicana, lo más importante que puede aportar una mujer, es su belleza.

 

Articulo publicado originalmente en el periodico dominicano El Caribe.

28 de enero 2017.

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